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martes, 3 de junio de 2014

TODOS ESTÁN MUERTOS "intenso y profundo vacío existencial"

Tras estrenarse en el Festival de Málaga, levantando mucha división de opiniones, se estrena la ópera prima de la cortometrajista Beatriz Sanchís, que además escribe un papel protagonista a la medida de Elena Anaya. La película se llevó varios premios en Málaga, incluyendo el de Mejor Actriz y Mejor Banda Sonora, entre otros.


Lupe (Elena Anaya) vive encerrada en casa junto a su madre y su hijo adolescente. En su día fue una joven feliz que triunfaba en la música en los años ochenta. Un inesperado día, tras un conjuro, la fantasmagórica aparición de su hermano y también integrante del exitoso grupo, hará que las cosas empiecen a cambiar en la rota familia.

El debut de Beatriz Sanchís dividió mucho a la prensa en el pasado Festival de Málaga, hubo quienes la vieron como un genial homenaje a la música y el cine de los ochenta, otros no pasaron por el aro. Nosotros nos situamos ante el segundo grupo, y lo sentimos porque era uno de los supuestos platos fuertes de la temporada, tanto por su argumento como por el jugoso papel que tenía Elena Anaya entre manos.
Sin embargo, tras el interesante comienzo de la película, nos quedamos atascados en su trama, lo mismo le ocurre a su directora, que de tanto rizar el rizo acaba perdiéndose y la única salida que puede encontrar para salir del embrollo en el que se ha metido, es rebuscar aún más la trama, algo que acaba por ahogar la película.

La película resulta un fallido intento de reinterpretar el cine libre de los años ochenta, pero con un lenguaje más actual, algo que bien podría haber sido interesante para hablar del camino que experimenta la olvidada estrella de la música que interpreta una muy floja Elena Anaya. La cuestión es que la película no acaba por encontrar el tono para lo que quiere contar, y más allá de la fabulosa ambientación y muchos de los aspectos técnicos, en los que se nota el esmero de la directora, ese simbolismo años ochenta resulta más vacío de lo que a priori podría pretender.
Como si de la discípula de Almóvar se tratara, Sanchís escribe y dirige una película con demasiados elementos "sacados del tiesto", que bien podrían haber funcionado hace treinta años y que ahora, o por lo menos de la forma en que los aborda, resultan bastante excesivos.


Durante hora y media asistimos a un festín de excesos argumentales, algo en lo que la directora peca y acaba por agotar la paciencia del espectador, uno no sabe con qué "locura" se encontrará después. Y si la aparición fantasmagórica resulta de lo más creíble de la función, asunto serio. Además, tampoco ayuda que alguno de los actores resulta un error de casting, aportando poca credibilidad a sus personajes. Desde un Christian Bernal, poco carismático narrador de la historia, hasta la gran estrella de la película, Elena Anaya, que aunque va cogiendo ritmo a medida que pasan los minutos, ha ofrecido uno de los peores papeles de una actriz que casi nunca decepciona, y sin embargo aquí lo consigue.

A pesar de todo, la película sirve para resolver varias dudas sobre su directora, que parece tener cosas que contar y que esperamos que en sus próximos proyectos no se deje llevar caer por ese aire de intentar dotar a cada uno de sus diálogos y secuencias de demasiada trascendencia e importancia.

+ La gran madurez de Angélica Aragón y la divertida Macarena Gómez.
- Sentir que la película quiere jugar en una liga en la que no se sitúa en el fondo.

PUNTUACIÓN TOTAL: * *




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